jueves, 27 de agosto de 2009

UNA PRUEBA DE AMOR

No bastaron la alegría y el canto que reinaba en mis palabras

una prueba pedías de mi amor,

y al momento me sentí arrojada de vos,

expulsada al borde de la tierra

mirando un desnudo espacio sin atmósfera,

sin gravedad, una incipiente conciencia de la nada,

sin brillos estelares, sin colores, sólo el espacio

con la atracción de volver mi cabeza en cada giro frente a

esos desprendimientos de imperfectas circunstancias

que llenaron mi cabeza de mariposas ansiosas que chocaban las alas.

¿Será el dolor el precio?,

¿la prueba consagrada?,

y bajabas el martillo con un golpe de gracia cada vez

para ser mi ejecutor amado.

Yo perdía mi perfume entre las objeciones de una moral

que me impedía pensar con la astucia necesaria para convencerte.

¿Y qué prueba?

si era lo mismo yo o vos, cualquiera,

cualquiera de los dos, el otro

el que se queda en el lugar, el que no desaparece,

el misterioso que nos contempla cada vez

cuando los cuerpos se transforman

en extensiones con naturaleza de pradera,

en el frescor de pastos

dispuestos a recibir el rocío de cada madrugada

sin desafiar al elefante blanco con los hechos,

sin pruebas que rendir,

sólo señales, giros, notas, alguna canción desesperada,

algún rum –rum, algún te quiero tanto.

Pero pruebas no hay,

sólo el remo hundiéndose en el agua

marcando una fuerza de existir,

espejos reflejando nuestro cielo,

la ofrenda continua de nuestros ojos

encontrándose de pronto

en el brillo de algunas horas compartidas.

Norma Menassa

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